Calisto, hija del rey Licaón, era una de las cazadoras que acompañaban a Ártemis en su cortejo. Y es por ello que, inspirada por la propia diosa de la caza, Calisto había hecho voto de castidad y permanecía virgen. Pero aún así sus bondades no permanecieron ocultas a Zeus, quien pronto quedó prendado de ella y urdió un plan para seducirla.
Transformado en la propia Ártemis, Zeus se aprovechó de su disfraz para acercarse tranquilamente a Calisto y, ante el desconocimiento de la muchacha, yacer con ella. Los meses pasaron, y al verla bañarse desnuda en el río, la verdadera Ártemis advirtió el incipiente vientre de Calisto, quien había quedado embarazada tras su involuntario desliz con Zeus.
La diosa de la caza se sintió traicionada, más aún cuando al pedirle explicaciones a Calisto esta juró y perjuró que no era sino culpa suya, aún inconsciente del engaño de Zeus. Ártemis, furiosa, no dudó en expulsar a Calisto de su cortejo y la convirtió en osa para que deambulase por el bosque, sola, hasta el fin de sus días.
Pero Zeus se apiadó de la deshonrada Calisto, y tras dar esta a luz a Arcas (futuro rey de Arcadia), catasterizó a la antigua cazadora, ahora bestia, en la constelación de la Osa Mayor.
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