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Ártemis y Acteón

Acteón era hijo de Autónoe, hija mayor de Cadmo y Harmonía, y de Aristeo, un dios menor muy vinculado a la caza, el ganado y la agricultura. Al igual que su padre, Acteón también era muy aficionado a la caza. Fue el centauro Quirón quien lo instruyó como cazador y pronto se reveló como muy habilidoso en dicha actividad. No en vano era nieto por parte de padre del mismísimo Apolo y la ninfa Cirene, que venció a un león con sus propias manos.

Ya siendo un joven, durante una cacería en el monte Citerón con sus cincuenta perros, se encontraba descansando sobre la rama de un alto roble. Desde allí vio a la diosa Ártemis, que se estaba dando un baño. Contemplar desnuda a la virginal diosa era algo totalmente prohibido y que desataría su furia. Aun así, Acteón no solo no retrocedió, sino que se acercó más y se quedó a observarla escondido tras un olivo.

Una de las náyades que formaba parte del séquito de la diosa, al percatarse de la presencia del muchacho, empezó a gritar y avisó a Ártemis. Ésta se cubrió, pero ya era tarde para el cazador. Enfurecida, lo transformó en un ciervo para que no pudiera contar a nadie lo que había visto.

De Acteón solo quedó la inteligencia humana y huyó aterrorizado mientras, sin saber quién era en realidad ese ciervo, sus propios perros lo perseguían. Cuando le dieron alcance empezaron a devorarlo. Por voluntad de la propia diosa, para que sufriera más, le fueron desgarrando la piel y la carne poco a poco mientras Acteón aun estaba vivo y consciente.

En sus últimos momentos, Acteón se lamentó de haberse encontrado con Ártemis y no con, por ejemplo, Atenea, que castigó a Tiresias por la misma falta simplemente quitándole la vista y no la vida. También pensó en la crueldad de hacerle conservar el pensamiento humano para darse cuenta de su desgracia, y no haberle quitado también la razón como a las bestias.

Sus padres, desconsolados, fueron en busca de su cuerpo tras ver aparecer a los perros alterados y sin su amo. En su lugar encontraron los restos del ciervo, pero, dado que no sabían de su transformación, no lo identificaron como a su hijo. Durante el sueño, el alma de Acteón se apareció ante su padre y le reveló su fatal destino. Éste se despertó y le contó todo a su mujer, que volvió al bosque. Allí localizó de nuevo el cadáver del animal para darle una sepultura adecuada.

Acteón había pedido a su padre que no culpara a sus perros. Éstos, desesperados por la ausencia de su dueño, no encontraban consuelo. El centauro Quirón tuvo que fabricar un muñeco a imagen y semejanza de Acteón para conseguir apaciguarlos.

2 Comentarios

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    Julia Franco

    Hola
    Sigo con entusiasmo los mitos que nos dejas
    Me gusta conectar las emociones con los relatos
    ¿Existen algunos mitos que hablen directamente de las emociones?
    Me encantaría conocerlos y difundirlos
    Felicidades, maravillosa labor

    • Marta Elías
      Marta Elías

      ¡Hola!
      Ante todo, muchísimas gracias por tus palabras 🙂
      En cuanto a tu pregunta, entiendo que te refieres a personificaciones de las emociones o algo similar, ya que todos los mitos suelen tener fuertes emociones asociadas. No conocemos relatos con esos personajes, pero te podemos decir algunos nombres. Eufrósine, por ejemplo, era la personificación de la alegría, mientras que Ezis lo era de la tristeza. Se las menciona en las fuentes, pero no son protagonistas de ningún mito (que sepamos).

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