Alexander Macco - Cephalus and Procris
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Céfalo y Procris

Céfalo, hijo de Deyoneo, había contraído nupcias con Procris, hija del rey ateniense Erecteo. Pero no habiendo pasado ni dos meses de la boda, Céfalo fue raptado por Eos, la aurora que anuncia el nuevo día, aprovechando una mañana que éste había salido a cazar.

A pesar de las atenciones de la diosa del amanecer, Céfalo decidió permanecer fiel a su esposa y rechazó el amor de Eos. Desairada, la diosa liberó al mortal, no sin antes advertirle de que lamentaría esta decisión, pues su esposa no respetaría los votos matrimoniales con la misma firmeza que él.

Pues Eos se guardaba un as en la manga, y transformó la apariencia de Céfalo a tal punto que éste no fuese reconocido por su propia esposa. Siendo consciente de este hecho, Céfalo decidió usarlo a su favor y probar la fidelidad de Procris. Conteniéndose para no desvelar la verdad, el camuflado Céfalo intentó, sin conseguirlo, seducir a su desinformada esposa, quién juraba reservarse tan solo para su ausente marido. Pero Céfalo la tentó ofreciéndole todo tipo de dádivas, y la titubeante Procris dudó por un instante y llegó a considerar la oferta. En ese preciso momento, Céfalo descubrió su verdadera identidad y señaló la deslealtad de su esposa.

Procris, sorprendida y avergonzada, abandonó la casa y marchó hacia el monte. Allí la diosa Ártemis, al conocer su historia, se apiadó de ella y le entregó dos magníficos regalos: una lanza que nunca erraba el blanco y un perro, Lélape, que siempre daba alcance a la presa. Y con ambos dones Procris se presentó de nuevo ante su esposo, aunque esta vez fue ella la que había disfrazado su identidad habiéndose cortado el pelo y haciéndose pasar por un muchacho. Cuando Céfalo descubrió los mágicos obsequios que traía consigo el forastero, intentó hacerse con ellos y ofreció un trueque. Pero el forastero se negó a intercambiarlos. Céfalo aumentó la oferta y llegó a ofrecer parte de su reino a cambio, pero parecía seguir siendo un precio insuficiente. Finalmente, el forastero le propuso entregarle la lanza y el perro si Céfalo lo satisfacía sexualmente. Él, cegado por la necesidad de hacerse con ambos, aceptó.

Al llegar al lecho, Procris se levantó la túnica y —para sorpresa de Céfalo— se descubrió como mujer y, además, esposa. Finalmente, reconociendo Céfalo haber sucumbido al mismo delito del que acusaba a su pareja, el hasta entonces roto matrimonio se reconcilió. Pero las cosas jamás volvieron a ser como antes, pues la sombra de la duda se había instalado en Procris y ésta temía que su marido sucumbiera de nuevo a la infidelidad. Cada mañana, cuando Céfalo salía a cazar, Procris se imaginaba a Eos, la aurora, tentando a su marido; y a éste cayendo rendido en sus brazos.

He aquí el motivo por el cual un buen día Procris decidió seguir a su marido y espiarlo entre la maleza. Céfalo, armado con la lanza que había recibido de su esposa, creyó escuchar los leves movimientos de un animal tras un matorral. Sin dudarlo, lanzó el infalible venablo contra él, alcanzando —no podía ser de otra manera— a la presa y dando con ello muerte a su esposa.

 

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