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Deucalión y Pirra: una nueva humanidad

Tras la terrible decepción con el género humano que supuso para Zeus la visita a la corte de Licaón, rey de Arcadia, el dios del rayo decidió que no había más remedio que eliminar a toda la raza y crearla nuevamente.

Envió entonces una cruel tormenta, la más grande de todas. Las lluvias asolaron el planeta entero, y las aguas comenzaron a subir de nivel, cubriendo por entero cualquier construcción humana. Solo una pequeña nave sobrevivió; y en ella, protegidos, se encontraban Deucalión y Pirra.

Deucalión era hijo del titán Prometeo, quien regalase el fuego a los mortales. Pirra era hija de Pandora y de Epimeteo, hermano del protector de los hombres. Ambos, Deucalión y Pirra, eran por tanto primos, y también esposos. Cuando Zeus hubo reunido a los dioses para contarles su recién tomada decisión de destruir el mundo, ésta llegó a los oídos de Prometeo, quien dio aviso a su hijo y a su nuera recomendándoles construir un arca. Y así hicieron, y tras nueves días y nueve noches luchando contra el terrible diluvio mandado por Zeus, la maltrecha nave fue a parar a lo que antaño fuera un alto promontorio. Se trataba del monte Etna (o quizás el Parnaso), y anclados allí esperaron a que las lluvias cesasen.

Cuando esto finalmente ocurrió, la desolación a la que se enfrentaron Deucalión y Pirra fue tremenda. Todo estaba destruido, y de entre toda la raza humana tan solo ellos dos permanecían con vida. Su único pensamiento fue acudir al santuario de Delfos, entonces gobernado por la diosa Temis (quien después se lo cedería a Apolo) y pedir su consejo. El oráculo que recibieron fue, como era habitual, de lo más críptico:

Alejaos del templo, cubríos la cabeza, desatad el cinturón de vuestros vestidos y arrojad a vuestra espalda los huesos de la Gran Madre.

—¡No! ¿Cómo puede pretender la fatídica Temis que deshonre el recuerdo de mi amada madre Pandora arrojando sus huesos sin más?— gritó Pirra.

—O mi sagacidad me engaña, o los oráculos son piadosos y no aconsejan nada malo. La Magna Madre es la tierra; creo que llama huesos en el cuerpo de la tierra a las piedras; eso es lo que se nos ordena arrojar detrás de nosotros.— respondió Deucalión.

Y, en efecto, eso hicieron. Por cada piedra que arrojaba a su espalda Deucalión, un nuevo hombre nacía. Por el contrario, cada piedra que arrojaba Pirra se convertía en mujer. Y fue así como repoblaron de nuevo la tierra. Gaia, la Gran Madre, una vez se hubo secado el suelo, hizo rebrotar las plantas; y pronto aparecieron de nuevo también los animales. Fue así como dio comienzo la Edad de Hierro.

2 Comentarios

  • Ignacio

    Lo desconocia y es muy interesante, pues parece el necesario precursor de la historia de la Biblia, que a su vez coincide con el Gilgamesh y que coincide con el periodo pues parece que la edad del cobre se sitúa sobre el 3000 ac en la zona del Eufrates y Tigris (sumerios creo)

    De manera que confirma la creencia (superstición) de un dios cabreado y de su decisión de acabar con los humanos, salvándose solo los que construyeron un arca

    Lo de la Biblia parecería una franquicia,claro

    • Alfonso Cuesta

      ¡Gracias por el comentario! En efecto, los mitos sobre el diluvio universal se encuentran alrededor de todo el mundo (América incluida), pero en concreto estas tres culturas que indicas (mesopotámica, griega y judeocristiana) tienen como elementos comunes una deidad que quiere castigar a la humanidad y una embarcación que salva a parte de ella, para que puedan volver a empezar de cero. No parece simple coincidencia.

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