Episodios

Filemón y Baucis

Un buen día, Zeus y Hermes llegaron a una aldea de las montañas de Frigia disfrazados de simples mortales; unos viajeros que buscaban la hospitalidad de los vecinos para pasar la noche. Llamaron a las puertas de cada casa, y en todas ellas les negaron la ayuda.

Entonces llegaron a una pequeña choza en la que vivía un matrimonio de ancianos, Filemón y Baucis. El hombre les pidió que tomaran asiento y la mujer avivó el fuego y preparó la comida mientras entretenían a los visitantes charlando.

La pareja les ofreció todo lo que tenían a su disposición, por poco que fuera. Un cubo de agua caliente para los pies, un colchón relleno de algas del río para que fuera más blando y toda la comida que podían ofrecer en su sencilla vajilla de barro y madera.

Los ancianos se dieron cuenta de que la crátera de vino no se vaciaba por más que lo servían y sospecharon que sus huéspedes no eran unos simples viajeros. Pidieron perdón por un banquete tan humilde y los pocos preparativos y se dispusieron a matar al único animal que poseían, un ganso, en honor a los invitados.

Pero el ganso escapaba de ellos y el matrimonio, tan anciano, tenía dificultades para darle alcance. El animal se refugió junto a los dioses, que prohibieron a Filemón y Baucis que lo sacrificaran. Entonces revelaron su verdadera identidad y les dieron un aviso: iban a castigar a todo el pueblo menos a ellos, por lo que debían seguirlos hasta la cima de la montaña.

Janus Genelli «Transformación de Filemón y Baucis» (1801) Galería Nuevos Maestros de Dresden

Ambos hicieron lo que los dioses decían y a duras penas consiguieron seguir su paso. Cuando casi habían alcanzado la cima se volvieron y vieron la aldea inundada por la laguna, exceptuando su choza. Ésta se transformó en un magnífico templo de mármol.

Una vez ejecutado el castigo a los impíos vecinos de Filemón y Baucis, Zeus quiso recompensarlos con un premio y les preguntó qué deseaban. Los ancianos lo tenían claro: ser sacerdotes de ese templo y custodiarlo hasta su muerte, y que, cuando llegara ese momento, murieran los dos a la vez para que uno no tuviera que enterrar al otro.

Ese día llegó tiempo después, mientras la pareja estaba sentada frente a las gradas del santuario. Ambos comenzaron a convertirse en árboles a la vez, con el tiempo justo de despedirse antes de guardar el templo para siempre en forma de una encina y un tilo.

2 Comentarios

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    Irene

    Este sitio web que conozco desde hace tan poco, es lo más bello e increíble que me puede pasar.
    Gracias, inteligentes y generosos autores, que nos llenan de sonrisas y emoción cada día con material tan exquisito.

    • Marta Elías
      Marta Elías

      ¡Es de las cosas más bonitas que nos han dicho! Estamos encantados de que te guste tanto la página. Seguiremos esforzándonos como hasta ahora para traeros un material a la altura 🙂

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