Episodios

Filis y Demofonte

Demofonte, hijo de Teseo, fue un héroe de la Guerra de Troya. Precisamente regresando de tal gesta, una tormenta le hizo naufragar en las regiones de Tracia, donde reinaba Licurgo. La hija de éste, Filis, quedó inmediatamente prendada de Demofonte y, viéndolos enamorados, el rey tracio tuvo a bien aceptar el matrimonio de ambos.

Y fue así como, con todo lujo y pompa, se preparó el banquete nupcial. Pero apenas unas horas después de la boda llegaron noticias a la corte tracia: el tirano Menesteo, quien le había arrebatado ilegítimamente el trono de Atenas a Teseo, había fallecido. Era por tanto el momento perfecto para recuperar Atenas, y Demofonte pidió permiso a su flamante esposa para poder ausentarse durante un mes y reclamar para sí la ciudad. La joven, embelesada por las dulces promesas de su amado de regresar lo antes posible, aceptó muy a su pesar la pronta marcha de Demofonte; e incluso le concedió el uso de su propia flota para marchar a Atenas. Tras una calurosa despedida, llena de promesas de amor eterno, la pareja se separó, en principio, temporalmente.

Pero los días pasaban sin noticia alguna de Demofonte. Un mes, dos meses, tres meses… hasta cuatro meses llegó a esperar Filis. Y no hubo un solo día en que la angustiada novia no ofreciese un sacrificio a los dioses, rogando desesperadamente por la pronta vuelta de su marido. Pero todo ello fue en vano, pues nada se supo en Tracia de Demofonte ni de su flota. La afligida Filis, convencida ya de que Demofonte jamás regresaría con ella, se suicidó colgándose de un almendro.


EPÍLOGO

Se dice que, mucho tiempo después, Demofonte —que al parecer se había instalado en Chipre sin intención alguna de regresar a Tracia— encontró un cofre que su esposa, durante la triste despedida, le había entregado con la condición de jurar no abrirlo hasta perder toda esperanza de reencontrarse con ella. El cofre era en realidad un objeto sagrado de la diosa Rea, y cuando Demofonte vio lo que había dentro el miedo se apoderó de él y huyó a lomos de su caballo. Su huída fue tan precipitada que el caballo tropezó, descabalgando al jinete; con tan mala suerte que, al caerse, Demofonte se clavó la punta de su propia espada y murió tras una larga agonía.

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