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Los trabajos de Heracles (parte 11): las manzanas de oro del jardín de las Hespérides

Heracles había tardado ocho años y un mes en cumplir los diez trabajos que le había encomendado Euristeo, pero el rey, como habíamos dicho en episodios anteriores, invalidó dos de ellos: el matar a la Hidra de Lerna por haber recibido ayuda de su sobrino Yolao, así como la limpieza de los establos de Augías por haber pedido un pago por ello, a pesar de que no lo recibió.

Por ello tuvo que realizar dos trabajos más. El undécimo fue robar las manzanas de oro del jardín de las Hespérides. La propia Gaia había regalado estas frutas doradas a Zeus y Hera por su matrimonio. No solo las custodiaban las propias Hespérides, hijas del titán Atlas, sino también un temible dragón inmortal hijo de los monstruos Tifón y Equidna.

Se encontraban allá donde Atlas sujetaba el cielo, en el lejano país de los Hiperbóreos[1]. Una vez más, al héroe le aguardaba un largo periplo lleno de aventuras.

En esa dirección partió Heracles, que encontró su primer obstáculo al llegar al río Equedoro[2]. Allí le esperaba Cicno, un hijo de Ares y Pirene, que le desafió a un combate. El propio Ares presidiría la lucha, pero un rayo cayó en medio de los dos contendientes y puso fin a la contienda. No era momento para distraerse.

Heracles continuó su viaje hasta Iliria, donde fue a hablar con las ninfas hijas de Zeus y Temis que vivían en el río Erídano. Necesitaba saber dónde encontrar a Nereo para que le dijera la ubicación exacta del jardín de las Hespérides. Las ninfas se lo dijeron y el héroe consiguió capturarlo mientras dormía. Nereo, como otras divinidades acuáticas, tenía la capacidad de cambiar de forma, y aunque lo intentó para escapar, Heracles lo tenía bien atado. Así, el dios marino confesó hacia dónde debía ir a continuación.

Tenía que atravesar Libia, pero allí reinaba el gigante Anteo, hijo de Poseidón y Gaia[3]. Este obligaba a todos los forasteros a luchar con él, y contaba con la ventaja de que mientras pisara el suelo, su madre le devolvía la fuerza. Por más que lo derribaba, este se recuperaba. Parecía ser invencible, así que Heracles no tuvo más remedio que matarlo estrangulándolo mientras lo mantenía alzado.

En Egipto tuvo otro percance. Allí reinaba Busiris, también hijo de Poseidón con Lisianasa. El reino era estéril desde hacía nueve años y un adivino de Chipre le había dicho al rey que se solucionaría crucificando cada año a un varón extranjero en el altar de Zeus. El propio adivino fue el primer foráneo que el rey utilizó para apaciguar al dios. Cuando llegó Heracles parecía ser el sacrificio adecuado y fue capturado y llevado al altar, pero logró romper sus ataduras y matar a Busiris y a su hijo.

Después, en Etiopía, el rey Ematión, hijo de Eos y Titono, le quiso impedir el paso. Heracles le mató y le entregó el trono a su hermano Memnón[4].

Heracles continuó caminando a través del desierto hasta llegar al mar y utilizó la copa de oro que había recibido de Helios en su trabajo anterior para cruzar las aguas y llegar al Cáucaso. Allí estaba encadenado Prometeo, cumpliendo su castigo eterno. Heracles mató al águila que lo custodiaba y lo liberó. A cambio, el titán le dio un consejo: no recoger él mismo las manzanas, sino convencer al titán Atlas y sustituirlo aguantando el cielo mientras tanto.

Finalmente llegó y siguió el consejo de Prometeo. Sostuvo el cielo mientras Atlas le traía tres manzanas. Pero Atlas no quería seguir cumpliendo su pesado trabajo y le dijo a Heracles que llevaría él mismo las manzanas a Euristeo y que continuara aguantando la bóveda celeste mientras tanto. El héroe fingió aceptar el trato, pero le pidió que se lo sostuviera un momento mientras se ponía una almohadilla en la cabeza para estar más cómodo.

El pobre Atlas cayó en la trampa y Heracles recogió las manzanas del suelo, donde las había dejado momentáneamente el titán, y volvió junto a Euristeo para dar por finalizado ese trabajo.

¿Y a dónde fueron a parar esas manzanas? Pues, después de tanto esfuerzo, volvieron a su sitio. Euristeo se las regaló a Heracles, y éste se las ofreció a Atenea. A la diosa no le parecía bien que no estuvieran en el lugar al que pertenecían, así que las devolvió al jardín de las Hespérides.

 

Notas

[1] La ubicación actual es desconocida, y tal y como la plantea Apolodoro, confusa. El Atlas se suele ubicar en la cordillera al norte de Marruecos que lleva el mismo nombre en la actualidad, mientras que a los hiperbóreos, aunque su localización exacta es desconocida, los sitúan al norte, en tierras nevadas; incluso más allá de los Urales, en las estepas asiáticas. Hacía ahí es precisamente a donde se dirige Heracles en su viaje.

[2] En la actualidad, el río Galikós en Macedonia.

[3] Una vez más, la localización es confusa. Apolodoro escribe que fue en Libia, pero tradicionalmente se dice que Anteo vivía más allá de las Columnas de Hércules —el estrecho de Gibraltar—, y que el túmulo donde está enterrado es o bien bajo la Torre de Hércules en La Coruña, o bien en Tingis, la actual ciudad de Tánger, que el gigante había fundado en honor a su mujer.

[4] Es el mismo Memnón que participará más adelante en la Guerra de Troya apoyando a su tío Príamo.

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