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Los trabajos de Heracles (parte 4): el jabalí de Erimanto

Tras capturar a la cierva de Cerinea, la cuarta tarea de Heracles consistiría en apresar vivo a un terrible jabalí que atemorizaba a los habitantes de la Psófide. La bestia tenía su guarida en Erimanto, uno de los más alto montes del Peloponeso, y hacia allá dirigió sus pasos el héroe tebano.

Observando la terrible destrucción que había causado el animal, Heracles decidió consultar al sabio centauro Folo, que residía cerca de la zona (recordemos que, tras la Centauromaquía, los centauros habían sido desterrados a Arcadia). Tras meditarlo, Folo aconsejó al héroe que intentara atraer a la bestia hacia la nieve, lo que frenaría su paso y facilitaría su captura.

A continuación Folo ofreció unas viandas a su amigo Heracles, quien sin duda debería reponer fuerzas para cumplir su difícil misión. Aunque el centauro comía la carne cruda —como es costumbre entre los de su especie—, permitió a su amigo preparar un asado, lo que cubrió la estancia de un intenso y apetitoso olor. Mientras la carne se asaba, Heracles pensó que el reencuentro con un viejo amigo bien merecía unos tragos de vino y así se lo hizo saber a su anfitrión. Folo titubeó, pero ante la insistencia de su huésped decidió abrir una enorme tinaja con la que el mismísimo dios Dioniso había obsequiado a los centauros, pues la ocasión era sin duda digna de ello.

Pero el sabroso olor de la carne atrajo irremediablemente a la casa a los compañeros de Folo. Y cuando éstos vieron que la tinaja de vino había sido abierta sin estar ellos presentes, no ocultaron su enfado; y, haciendo honor a su agresivo temperamento, no dudaron en atacar a Heracles.

El héroe actuó con celeridad y tomó unos tizones del fuego; y amenazándoles con ellos logró hacer huir a los dos primeros adversarios. Pero un poco de fuego no sería suficiente para aplacar la ira de los demás centauros, así que Heracles no tuvo más remedio que tomar su arco y asaetear a las bestias, que empezaron a caer una a una. Tras ver morir a muchos de sus compañeros, el resto de los centauros huyeron en dirección a Malea.

Folo, que además de sabio (y probablemente debido a ello) era tremendamente curioso, no dudó en arrancar una de las flechas del cuerpo de un centauro muerto para estudiarla con atención. Sin duda era un hecho prodigioso que una sola flecha hubiera podido causar la muerte de un ser aparentemente tan fuerte. Heracles, al verlo, le gritó que la soltara; pero con ello asustó también a su amigo, que dejó caer la flecha. Con tan mala suerte que ésta se clavó en una de sus patas. Folo se sintió débil de inmediato, y a los pocos segundos cayó inerte al suelo. Heracles, entre llantos de dolor, se lamentó por su fiel amigo, pues nunca llegó a contarle que sus flechas habían sido bañadas en la sangre de la Hidra y eran, por tanto, mortalmente venenosas.

Como único consuelo le quedó el plan que Folo había diseñado para atrapar al jabalí, que funcionó a la perfección. Tras perseguir sin tregua a la bestia durante días, ésta se vio obligada a correr sobre un terreno recién nevado. Al pisar la esponjosa nieve sus patas se hundieron, y el héroe tebano aprovechó entonces para apresar al animal y dejarlo inconsciente. Tras ello cargó con el enorme jabalí hasta Micenas, donde lo presentó ante el rey Euristeo, quien no tuvo más remedio que reconocer el éxito de Heracles en su misión.

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