Arnold Böcklin - Odysseus and Polyphemus
Episodios

La ceguera de Polifemo

Arrastrados por la corriente, Odiseo y su tripulación se aproximaron a la tierra de los cíclopes (gigantes de un solo ojo), quienes vivían tranquilamente del pastoreo, ajenos al mundo de los humanos. Dejando el resto de las naves ancladas en una isla cercana, Odiseo y una docena de sus hombres más fieles tomaron un barco y se dispusieron a explorar la isla de los cíclopes.

Fue así como descubrieron una gran gruta, sin duda habitada por una de aquellas criaturas. Allí encontraron una alta cerca de piedra, destinada a albergar varios hatos de ovejas y cabras. Pero no había rastro del rebaño principal ni de su dueño, quien sin duda habría salido a pastorear a los animales adultos, mientras corderos y cabritos se quedaron a resguardo en los rediles. Dentro de la cueva también hallaron zarzos repletos de quesos, por lo que los hombres de Odiseo instaron a su rey a tomar tanto los quesos como los animales y llevarlos rápidamente de vuelta a la nave antes de que regresara el dueño de la cueva.

Pero Odiseo ansiaba ver a aquella sorprendente criatura y comprobar si en verdad era tan grande como contaban las leyendas. Así que allí aguardaron sentados mientras daban buena cuenta de algunos de aquellos deliciosos quesos. Gran error por su parte, pues en cuanto el enorme cíclope entró por la abertura de la cueva e introdujo a su rebaño, taponó la entrada con una gigantesca roca que solo alguien de su tamaño y fuerza podría haber movido.

Al darse cuenta de la presencia de extraños en su hogar, el cíclope preguntó a los intrusos quiénes eran y qué querían. El afable Odiseo le contó que eran aqueos recién llegados de la guerra de Troya y, cansados como estaban, le instaron a respetar las sagradas leyes de hospitalidad y, así, darles cobijo.

Pero los cíclopes no eran unos seres temerosos de los dioses. La única respuesta que obtuvieron del gigante de un solo ojo fue ver cómo dos de los compañeros de Odiseo cayeron atrapados en sus enormes manos. A continuación el cíclope los arrojó contra el suelo, rompiéndoles el cráneo. Tras terminar de despedazarlos, se los metió en la boca y los engulló, ayudado por un buen trago de leche pura.

Odiseo, al darse cuenta de la complicada situación en la que se encontraban, refrenó su impulso de sacar la espada y combatir al malvado cíclope en ese mismo instante, pues a buen seguro aquello supondría la muerte de todos ellos. Templando su ánimo, los hombres se obligaron a permanecer quietos y aguardar a la aurora.

Por la mañana el cíclope se despertó como si nada, se ocupó de sus tareas diarias y, sin mediar palabra, tomó otros dos compañeros de Odiseo como desayuno. Después, tal como hacía todos los días, sacó a su rebaño a pastar. Pero de nuevo colocó la roca en la entrada de la cueva, haciendo así imposible la huida de los aqueos.

Los hombres restantes temían por su vida, pero el astuto Odiseo, que había tenido todo el día para pensar una solución a su problema, se había percatado de la presencia de una enorme clava de madera de olivo que el cíclope había dejado apoyada en la pared para que se secase. Aunque aún estaba verde, aprovecharon la ausencia del cíclope para darle forma y endurecerla al fuego, de tal manera que obtuvieron una puntiaguda estaca que escondieron fácilmente bajo el estiércol.

Cuando su captor regresó al final del día, otros dos compañeros sirvieron de cena al cíclope. Aprovechando la situación, Odiseo le ofreció su excelente vino procedente del país de los cícones (que le había sido regalado por Marón, sacerdote de Apolo) para bajar la comida, haciéndole creer que intentaba comprar su libertad. El cíclope, entusiasmado con la dulce pero fuerte bebida, le pidió más vino a Odiseo, prometiéndole a cambio un gesto hospitalario. Y así hizo, de tal manera que le sirvió otras tres veces más, hasta saciar la sed del gigante.

«Dime tu nombre», ordenó el cíclope, «el mío es Polifemo». Odiseo no quiso revelar su verdadera identidad, por lo que hizo creer al cíclope que su nombre era «Nadie». «Pues, como muestra de hospitalidad, será a Nadie a quien me coma el último». Y Polifemo, somnoliento por la comida y el vino, se tumbó a descansar.

Cuando estuvieron seguros de que el cíclope dormía, los compañeros de Odiseo sacaron la estaca y la calentaron en la brasa. Una vez candente la enfilaron hacia el ojo del cíclope y se la clavaron hasta dejarlo ciego. Polifemo se despertó de inmediato, gritando de dolor, y se arrancó la estaca del ojo malherido, del que brotó una fuente inagotable de sangre. El gigante, totalmente cegado, empezó a llamar a sus compañeros cíclopes a gritos; y estos acudieron raudos en su ayuda. «¿Qué te ocurre, Polifemo, por qué gritas?», le preguntaron. «Nadie me ha engañado. Nadie me ha hecho daño», contestó el cíclope herido. «Pues si nadie te ha atacado, nos volvemos tranquilos a nuestras casas» dijeron mientras se marchaban riendo.

La treta de Odiseo había dado resultado, pero aún quedaba el “pequeño” inconveniente de salir de la cueva. Y es que Polifemo, en su enfado, había movido la enorme roca y se había apostado en la entrada. Cuando escuchaba a algo acercarse, Polifemo iba palpando con la mano. Si notaba que era uno de sus animales lo dejaba salir tranquilo, pero si alguno de los aqueos se atrevía a cruzar la entrada lo mataría sin piedad.

Entonces Odiseo volvió a hacer uso de su ingenio y, atando a los carneros de tres en tres, consiguió que sus hombres pasasen inadvertidos sujetos al animal de en medio. Y así, poco a poco, fueron engañando al cíclope, haciéndole creer que era su rebaño el que dejaba salir de la cueva. Finalmente Odiseo buscó al carnero más grande del rebaño y, agarrado a su abundante lana, se escondió bajo su vientre.

Y fue así como Odiseo también consiguió escapar de la cueva del cíclope. Cuando se alejaron lo suficiente, Odiseo se soltó del gran carnero y liberó a sus compañeros. Por fin subieron a la nave y se dispusieron a levar anclas. Pero la soberbia de Odiseo fue, en este caso, mayor que su intelecto. Y al ver a Polifemo en la lejanía, le gritó desde la nave: «¡Cíclope! No debiste devorar a tus propios huéspedes, es por ello que los dioses te han castigado».

Polifemo, enfurecido, arrancó una enorme roca de la montaña y, a pesar de no ver nada, la lanzó contra la embarcación guiado por el sonido, estando muy cerca de hundirla. Sus compañeros rogaban a Odiseo que dejara de gritar al cíclope, pero una última frase salió de su boca: «¡Polifemo! Si algún mortal te pregunta la razón de tu ceguera dile que el causante fue Odiseo, rey de Ítaca».

Entonces Polifemo recordó un antiguo oráculo que le profetizaba que, precisamente, un tal Odiseo lo cegaría. Pero siempre creyó que sería un hombre alto y fornido, y sin embargo se encontró con uno astuto y cobarde. Polifemo, acercándose a un acantilado, imploró venganza a su padre, el dios de los mares (pues era hijo de Poseidón y la ninfa Toosa). Y este se encargó de que el regreso de Odiseo a Ítaca fuese mucho, muchísimo, más largo de lo previsto.

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