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Dédalo (parte 4): La muerte de Minos

Dédalo, a pesar de haber perdido a su hijo Ícaro en el trayecto, había conseguido por fin huir de Creta, instalándose en la distante isla de Sicilia. Cócalo, rey de Cámicos, habida cuenta de la gran fama del inventor, tuvo a bien alojarle en Palacio, donde pasó a formar parte de la corte real.

Pero el rey cretense Minos era una persona vengativa, y no fue capaz de aceptar la deshonra que suponía haber dejado escapar a Dédalo de la isla. Pronto puso precio a su cabeza, pero no recibió ninguna pista sobre el paradero del inventor ateniense, que sin duda debía de contar con poderosos aliados que le mantendrían oculto. Así que se le ocurrió una estratagema que quizás podría dar resultado. Prometiendo una suntuosa recompensa, mandó emisarios a todas las ciudades importantes de la Hélade con una prueba de ingenio que solo el más sagaz de los hombres sería capaz de resolver. Se trataba de conseguir pasar un hilo a través de una caracola, ¿quién si no Dédalo podría dar con la solución?

Cuando el emisario cretense llegó a Cámicos, el rey Cócalo no dudó en consultar en secreto a Dédalo para intentar resolver aquella complicada tarea. Siendo el creador del laberinto, el inventor ateniense no tardó mucho en dar con la solución perfecta. Puso un poco de miel en el fondo de la caracola y, a continuación, ató el cordel a una diminuta hormiga. El pequeño ser, sin vacilar, recorrió tranquilamente el interior de la caracola hasta llegar al final, donde acabó saliendo por una minúscula grieta de la concha; habiéndola así atravesado con el hilo de un extremo al otro. Henchido de orgullo, Cócalo entregó entonces —para enorme sorpresa de éste— la hilada caracola al emisario cretense, quien volvió a toda prisa a Creta para informar a su rey.

Al serle comunicado a Minos que el enigma había sido resuelto en Sicilia, el rey cretense organizó rápidamente una expedición de castigo, pues no le cabía duda de que Dédalo debía encontrarse allí oculto. Marchó raudo hacia la isla, y nada más pisar suelo siciliano se dirigió de inmediato con su séquito hacia el Palacio de Cócalo, exigiendo que Dédalo le fuese entregado en ese preciso momento. Asustado por la amenaza de Minos, el rey Cócalo aceptó su petición; y como prueba de hospitalidad le ofreció darse un baño mientras mandaba a sus soldados a por Dédalo. Minos, cansado del largo viaje, no dudó en aceptar la propuesta de su igual y, tras desvestirse, se metió en la vacía bañera. Como signo de respeto hacia el monarca venido de tierras lejanas, las hijas del rey Cócalo serían las encargadas de llenar la bañera de Minos con agua caliente. Pero éstas eran leales a Dédalo y calentaron el  agua más de la cuenta, hasta hacerla hervir. Y al llegar al baño, sin dudarlo, arrojaron al unísono el abrasador contenido sobre el indefenso Minos, escaldándolo al instante.

Y así fue como murió el infame rey de Creta. Quemado en una bañera de la lejana Sicilia.

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