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Píramo y Tisbe: un amor trágico

No todas las leyendas clásicas tienen lugar en Grecia o Roma. Hoy nos desplazamos a Babilonia

Píramo y Tisbe eran dos jóvenes babilonios que vivían pared con pared. Se dice que él era el más hermoso de los muchachos; y ella, a su vez, la más distinguida de las doncellas. Sin embargo los padres de ambos estaban enfrentados, por lo que habían prohibido expresamente a sus hijos cualquier tipo de interacción.

Pero el amor todo lo puede, y poco tardaron los jóvenes vecinos en intercambiarse miradas furtivas cuando se cruzaban, casualmente, por la calle. A las miradas les siguieron las señas, con las que empezaron a comunicarse sigilosamente. Por fin, un día, encontraron una pequeña grieta en la pared que unía las casas de ambos, y susurrando a través de ella empezaron a hablar el uno con el otro. Así, poco a poco, el amor creció hasta tal punto que los jóvenes enamorados decidieron verse a la noche siguiente. El punto de encuentro sería junto al monumento funerario levantado en honor a Nino, a las afueras de la ciudad. Allí, próximo a la tumba del rey asirio, crecía un árbol que daba frutos blancos. Bajo su sombra sería un buen sitio para encontrarse.

Al día siguiente, Tisbe esperó impacientemente a que el sol se ocultase detrás del horizonte. Una vez la luz disminuyó, la joven se cubrió la cabeza con un chal y abandonó furtivamente su casa en dirección a la blanca morera donde se encontraría con su amado. Sin embargo una vez allí se dio cuenta de que, en su impaciencia, había llegado antes que Píramo. Mientras lo esperaba sentada bajo el árbol, escuchó un ruido a sus espaldas. Iluminadas por la luz de la luna pudo ver, a lo lejos, las fauces ensangrentadas de una leona que se acercaba lentamente hacia el lugar donde ella estaba. Tisbe, asustada, huyó a toda prisa del sitio dejando caer el chal con el que antes había ocultado su rostro. Escondida dentro de una cueva, decidió esperar hasta que el fiero animal se marchase.

Mientras tanto, Píramo ya había salido de casa y se aproximaba ansiosamente al lugar del encuentro. La leona, al encontrar el chal, lo desgarró violentamente con sus colmillos creyendo por el olor que podía tratarse de algún tipo de animal. Al darse cuenta de su error, abandonó decepcionada el trozo de tela y, tras beber agua en una fuente cercana, abandonó el lugar en busca de una nueva presa.

Cuando Píramo llegó a la morera vio el chal rasgado y lleno de sangre, temiéndose lo peor. Tras observar atentamente el suelo descubrió unas huellas de león. Sin duda, aquella bestia había acabado con la vida de su amada. Miles de lágrimas cubrieron su rostro, y, abrumado por el dolor, no vio otra alternativa. Tomó su espada y sin pensárselo dos veces se la clavó en el vientre, causándose la muerte.

Tras un tiempo prudencial, Tisbe, quien permanecía ajena a lo ocurrido, salió de la cueva a hurtadillas teniendo gran cuidado de que la leona no anduviese cerca. Sin embargo, al divisar a Píramo tendido en el suelo, aceleró el paso para llegar hasta él. No le llevó mucho, observando la sangrienta escena, adivinar lo que había sucedido. Maldiciéndose a sí misma por creerse la causa última de la muerte de Píramo, Tisbe se dirigió a los dioses pidiendo que ya que no pudieron estar juntos en vida tuviesen a bien que compartiesen la muerte. Y tomando en sus manos la espada de Píramo, ella también se quitó la vida. La sangre vertida por ambos bañó las raíces de la nívea morera, y desde ese momento en adelante sus frutos fueron oscuros en recuerdo de aquellos dos trágicos amantes.

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