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Orfeo y Eurídice

El tracio Orfeo era un muchacho con gran talento musical, pues se decía hijo de Apolo y Calíope, una de las musas. De su padre heredó la lira, hecha con un caparazón de tortuga, que había fabricado para él el propio Hermes. Pero además inventó un nuevo instrumento, la cítara, y con ella componía hermosas melodías que deleitaban los oídos de sus afortunados vecinos.

Un día Orfeo se encontraba paseando por el bosque, mientras practicaba con su instrumento, cuando una curiosa ninfa se sintió atraída por la música y se acercó tímidamente al muchacho. Respondía al nombre de Eurídice, y su belleza no tenía que envidiar a la de la deliciosa música que interpretaba el talentoso Orfeo.

El uno y la otra no tardarían en enamorarse, y pronto empezaron a planear sus nupcias. Hombre y ninfa parecían irremediablemente unidos por el destino, si bien sabemos que las cosas no siempre han de salir como uno querría.

El esperado día de la boda ocurrió un trágico accidente. Cuando Eurídice se acercaba al altar, cortejada por las náyades, la ninfa fue mordida en el tobillo por una serpiente. El veneno del réptil era poderoso, y al instante Eurídice cayó muerta ante la sorpresa e incredulidad de los presentes.

Pero Orfeo no se resignaba a la pérdida de la que había de ser su esposa. Durante meses la lloró, pero el llanto no aplacaba el inmenso dolor que sentía en su corazón. Finalmente, se armó de valor y decidió viajar hasta el Hades. Ni siquiera el propio dios del inframundo evitaría que él recuperase a su amada Eurídice de las tristes manos de la muerte.

Gracias a su música fue capaz de convencer al barquero de que le permitiese cruzar el río Aqueronte, e incluso logró apaciguar a la indómita bestia de tres cabezas que guardaba la entrada a los infiernos. Cerbero, como si fuese un vulgar cachorro, cayó dormido bajo el mágico poder de su lira y no opuso la menor resistencia.

Cuando el valiente Orfeo llegó por fin a las mansiones de Hades, el dios del inframundo se vio obligado a atenderle a pesar de que al estar vivo no tenía derecho alguno a estar en aquel lugar. Hades y su esposa Perséfone escucharon atentamente lo que el desconsolado músico les imploraba; y, contra todo pronóstico, se decidió que Orfeo podría llevarse a Eurídice de vuelta a casa. Eso sí, con una simple condición. Durante todo el trayecto, Orfeo debería mantener la mirada fija al frente y, en ningún caso, girarse para mirar a Eurídice, quien le seguiría sin pronunciar palabra alguna hasta llegar a la superficie.

La, en principio, sencilla tarea fue tornándose más y más difícil a medida que Orfeo y su amada abandonaban los dominios del dios Hades. Cerbero no pareció reaccionar ante el paso de Eurídice, y la barca de Caronte no se hundió lo más mínimo con el peso de la ninfa. Orfeo empezaba a dudar y esta duda crecía y crecía a medida que los enamorados se acercaban a la superficie.

Cuando tan solo les alejaban unos metros de la salida, el inseguro Orfeo no pudo evitar girar la cabeza: lo justo para ver cómo su amada Eurídice era enviada de nuevo, sin ningún tipo de remedio, a las profundidades del inframundo.

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