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El rapto de Europa

El rey Agénor de Tiro y su mujer, la náyade Teléfasa, tuvieron cuatro hijos varones (Fénix, Cílix, Cadmo y, posteriormente, Fineo) y una única hija, Europa. Al crecer, Europa se había convertido en una hermosa muchacha, al punto que llamó la atención del mismísimo Zeus.

Embelesado por la belleza de la joven princesa, el señor del Olimpo se transformó en un toro blanco y se mezcló entre las reses del rey Agénor. Europa se encontraba en ese momento recogiendo flores cuando, al levantar la vista, se fijó en aquel bello animal y decidió acercarse a él. Le hizo una corona de hojas y, al comprobar que era manso, se atrevió incluso a montarlo; y el toro, con Europa sobre su lomo, se dirigió entonces lentamente hacia la playa. Pero una vez allí, el toro blanco se adentró en el mar y se alejó rápidamente hasta desaparecer por el horizonte.

Al enterarse de la desaparición de Europa, el afligido Agénor mandó a su mujer (por entonces embarazada) y a sus tres hijos que fuesen en su busca. Sin embargo, aquella infructuosa búsqueda acabó siendo la ruina de la familia, pues Teléfasa murió durante el parto de Fineo; y Cadmo, por indicación de Atenea, acabaría abandonando la misión para fundar la ciudad de Cadmea (la futura Tebas).

Mientras tanto, Zeus y Europa habían llegado a las costas de la isla de Creta. Allí, el toro blanco retornó a su forma humana y sedujo a la joven entregándole tres regalos. Uno fue un autómata de bronce, Talos, que se encargaría de custodiar la isla. También le regaló un perro de caza, de nombre Lélape, que jamás perdía una presa. Por último, Zeus le entregó a Europa una jabalina que nunca erraba el blanco.

Pero la aventura amorosa no duró eternamente, y Zeus volvió al Olimpo; no sin antes crear, como recuerdo de aquel encuentro, una constelación en el cielo con forma de toro, a la cuál conocemos como Tauro.

Pero Europa había quedado embarazada, fruto de la unión con el dios olímpico. Por fortuna no estuvo desamparada durante mucho tiempo, pues pronto obtuvo refugio en la corte del rey Asterión, quien no dudó en casarse con ella y adoptar como si fueran suyos a los recién nacidos trillizos, a los que llamarían Radamantis, Sarpedón y Minos. Este último, por cierto, acabaría reinando en Creta.

Europa, por su parte, volvería posteriormente con su hijo Sarpedón a Asia, pero su nombre serviría para denominar al nuevo continente al que ésta había llegado de joven: nuestra querida Europa.

 

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